sábado, 2 de octubre de 2010

DI NO A LA AVARICIA

“Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo no te desampararé, ni te dejaré”. Hebreos 13:5

“La religión es el opio de la sociedad”, dijo alguna vez el fundador del llamado socialismo científico, Carlos Marx. Enemigo de la religión, la culpa de ser un instrumento de la Iglesia para tener sometidos, adormecidos a los pobres sin aspirar a salir de su situación.
Pasajes como el de hoy, han sido malinterpretados por muchos como medios a través de los cuales la religión logra enajenar a la gente con el propósito de explotarlos y mantenerlos en un status de pobreza.
Jesús nunca estuvo ni está en contra de la prosperidad, al contrario; Él anhela que sus hijos tengan todo lo necesario. Lo que Jesús quiere es evitar que nuestro corazón se llene de pecado por la ambición y la avaricia.
 En cierta ocasión, mientras Jesús enseñaba a la multitud, alguien le dijo: “Maestro dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.
Pero Jesús le dijo:
“Hombre, ¿Quién me nombró juez de ustedes o arbitro de sus pleitos? Aléjense de toda avaricia porque la vida no depende de tener muchas cosas”.
La codicia o avaricia es un aprecio exagerado a las cosas materiales, ya no las vemos como un medio para desarrollar nuestra vida según el plan de Dios, sino que tenerlas es nuestra meta. Y tanto las deseamos que nos hacemos esclavos de ellas. La codicia ni nos permite descansar (como tampoco al rico) ni nos permite entrar al Reino de los Cielos.
No son las pertenencias las que dan vida. Por la codicia el hombre es capaz de matar, mentir, robar, vender su alma al diablo… Se nos ha enseñado que “tanto tienes tanto vales”; que mientras más riquezas tengas eres más feliz, lo cual es una gran mentira. La avaricia es el motor de la economía de nuestra sociedad;  y es la culpable de la destrucción de individuos, de hogares, familias y pueblos enteros.
Dios quiere evitarnos dolor y muerte, sigamos su consejo:

“Cuando llegamos al mundo, no traíamos nada y cuando morimos no nos podemos llevar nada. Por eso, si tenemos alimentos y ropa, podemos darnos por satisfechos. Los que quieren ser ricos caen en la trampa de la tentación. Empiezan a tener deseos descabellados que los perjudican. Eso los hunde en la ruina total. El amor por el dinero causa toda clase de males. Por querer tener más y más dinero, algunos se han desviado de la fe y se han causado gran sufrimiento”.
I Timoteo 6:7-10

Lic. Elizabeth Gurrión Matías

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